María, en Jerusalén
¿Dónde se encontraba la Virgen María en estos días próximos a la Pascua? ¿Participó Ella también de la Cena pascual, con su Hijo y sus discípulos? Son dos preguntas a las que sólo podemos responder con suposiciones y conjeturas, más o menos fundadas.
Parece cierto que María acompañé a Jesús y a sus discípulos en este viaje de Jerusalén, para celebrar la Pascua. Era una celebración importante; más que por el recuerdo del pasado, porque iba a ser el comienzo y la institución de una nueva Alianza.
Podemos decir, incluso, que no haría el viaje ella sola. Seguramente iba en compañía del grupo de las mujeres devotas, o de la comitiva de Jesús, que en otras ocasiones habían presenciado la realización de algunos milagros. Es probable también que le acompañasen algunos de sus familiares, los que el viernes de Parasceve subieron al Monte Calvario y le hicieron compañía en aquel momento de dolor.
Hasta la salida para Jerusalén estuvieron en Betania, con Jesús y sus discípulos. Hay que pensar que los amigos íntimos de Jesús, Lázaro y sus hermanas, conocían y tenían trato familiar también con su madre, y que la acogerían en su casa, o se quedaría en la posada, con las otras mujeres que formaban parte de la comitiva del Maestro.
Betania estaba a dos kilómetros y medio de la Ciudad Santa. Los peregrinos formaban un grupo compacto, que iría cantando salmos e himnos al Señor, algunos relativos a la fiesta que iban a celebrar.
Podemos imaginarnos el estado anímico y psicológico de este grupo, discípulos también de Jesús y educados en su escuela, que tenían sin duda conocimiento de lo que iba a suceder aquella noche en Jerusalén. En la ciudad, como en el ánimo de todos, reinaba una tensa calma, a la que iba a poner fin la traición de Judas. Tal vez no conocían con mucha precisión cómo se desarrollarían los acontecimientos, pero todos tenían el presentimiento de que la celebración de esa noche iba a ser una despedida dolorosa. No podían ahuyentar de su imaginación el fantasma de esa noche, que oscurecía la imagen radiante de Jesús.
María tenía un conocimiento más preciso de lo que iba a suceder en las próximas horas. En más de una ocasión su Hijo le habría puesto al tanto de los futuros acontecimientos. Sabía que subiría por última vez a Jerusalén. En su camino hacia la ciudad santa dirigiría su mirada hacia el sur, hacia las colinas que ocultaban la ciudad de Belén, y recordaría el tiempo lejano, cuando había nacido su Hijo y cuando lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre. Ninbuna madre olvida el lugar donde dio a luz a su hijo primogénito. Recordaría también la profecía del anciano Simeón, y la espada que según su vaticinio le atravesaría el corazón. Ahora veía ya próximo su cumplimiento.
EMANUEL ARAUJO CRISTAO GARANHUNS RADIO 87 FM
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