
Ciertamente que Cristo como Hijo de Dios Infinito posee en Sí mismo la majestad suprema, sobre la que no puede haber ni otro Rey ni Señor. Y precisamente por su Majestad Infinita no necesita de armiños, ni coronas, ni cetros, ni banderas, ni ejércitos, ni himnos. Todo eso lo necesitan los hombres para suplir con el boato externo lo que falta a la pequeñez de la persona. -- El Hijo de Dios sigue siendo tan Rey con un harapo por manto, una corona de espinas, un cetro de caña y un himno lleno de insultos de los judíos. -- El Señor seguirá siendo tan Señor en las tinieblas del Viernes Santo como en lo más alto de la gloria del Cielo. -- Un Señor así al que nada ni nadie puede empequeñecer, a quien nadie puede arrebatar su Reino. Un Cristo así acaba con todas nuestras objeciones de conciencia. Mirando nosotros a los reyezuelos que hemos servido nos hará exclamar, como san Francisco de Borja: “Jamás serviré a un Señor que se me pueda morir.”

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